SANA DOCTRINA - Ministerio de Difusión Bíblica

No Había Lugar Para Cristo En El Mesón

 

Sermón predicado la mañana del domingo 21 de diciembre, 1862

Por Charles Haddon Spúrgeon

En El Tabernáculo Metropolitano, Newington, Londres

 

 

“Y dio a luz a su hijo primogénito, y lo envolvió en pañales, y lo acostó en un pesebre, porque no había lugar para ellos en el mesón”.   Lucas 2: 7

 

Era necesario que quedara claramente comprobado, de manera indisputable, que nuestro Señor procedía de la tribu de Judá. Era necesario, también, que naciera en Belén Efrata, conforme a la palabra de Dios, la cual había hablado por Su siervo Miqueas. Pero ¿cómo se obtendría un reconocimiento público del linaje de un oscuro carpintero y de una doncella desconocida? ¿Qué interés se supone que podrían tener los encargados de los registros en dos personas tan humildes como ellas? En cuanto al segundo punto, María vivía en Nazaret de Galilea, y todo parecía indicar que el nacimiento tendría lugar allí; en verdad, el período para su alumbramiento estaba tan cerca que, a menos que se viese absolutamente obligada, no era probable que emprendiera un viaje largo y tedioso a la sureña provincia de Judea. ¿Cómo habrían de compaginarse estos dos asuntos? ¿Puede una vuelta de rueda lograr dos propósitos? ¡Se puede hacer! ¡Se hará! El sello oficial del imperio romano quedará estampado en el árbol genealógico del Hijo de David que habrá de nacer, y Belén contemplará Su natividad. Por alguna muestra de un espíritu independiente, un tirano menor, Herodes, ofende al tirano mayor, Augusto. Augusto le informa que no lo tratará más como a un amigo, sino como a un vasallo, y aunque Herodes se somete a la más abyecta sumisión, y aunque sus amigos en la corte de Roma interceden por él, Augusto, para mostrar su disgusto, ordena que se haga un censo de todo el pueblo judío, en preparación para un proyectado régimen tributario, el cual, sin embargo, no fue llevado a cabo sino hasta unos diez años después. Ni siquiera los vientos y las olas son más inconstantes que la voluntad de un tirano, pero el Gobernante de las tempestades sabe cómo gobernar a los perversos espíritus de los príncipes. El Señor nuestro Dios tiene un freno para el caballo de guerra más salvaje y un anzuelo para el más terrible leviatán. Los Césares autocráticos no son sino títeres movidos con hilos invisibles, meros lacayos al servicio del Rey de reyes. Augusto debe ser conducido a sentirse ofendido con Herodes; es obligado a gravar con impuestos a la gente; es imperativo que se lleve a cabo un censo; es más, se hace necesario que se publiquen regulaciones inconvenientes, duras y tiránicas, y que cada persona deba acudir a la aldea a la cual se sabía que pertenecía. Entonces María se traslada a Belén, Jesucristo nace según estaba establecido, y, además, es reconocido oficialmente como descendiente de David por el hecho de que Su madre fue a Belén porque pertenecía a ese linaje, habiendo permanecido allí, y habiendo regresado a Galilea sin que sus legítimos derechos fuesen cuestionados, pues era de esperarse que los celos de todas las mujeres del clan se habrían despertado si una intrusa se hubiera aventurado a reclamar un lugar en medio de las pocas mujeres entre quienes el nacimiento del Mesías estaba anunciado por expresas profecías. Noten aquí la sabiduría de un Dios de providencia, y crean que todas las cosas están bien ordenadas.

Una vez que todas las personas de la casa de David se trasladaron por esa razón a Belén, el escaso alojamiento del pequeño pueblo se agotó pronto. Sin duda los amigos hospedaron a sus amigos hasta llenar sus casas, pero José no contaba con parientes en el pueblo que tuvieran esa disposición. Se contaba con un caravasar que era provisto en cada aldea, donde se proporcionaba un alojamiento gratuito a los viajeros; ese espacio estaba lleno también, pues viniendo de lejos, y viéndose forzados a viajar con lentitud, la humilde pareja había llegado al caer la tarde. Las habitaciones dentro del gran bloque de ladrillos ya estaban ocupadas por muchas familias; no quedaba ningún alojamiento mejor, ni siquiera para una mujer que estaba a punto de dar a luz, sino uno de los espacios más mezquinos que estaba asignado a las bestias de carga. El establo del asno era el único lugar en que el niño podía nacer. Colgando una cortina al frente, y tal vez inmovilizando al animal en el costado externo con el objeto de bloquear la pasada, podía obtenerse la privacidad necesaria, y allí, en el establo, nació el Rey de Gloria, y fue colocado en el pesebre.

Mi tarea esta mañana consiste en dirigir sus meditaciones al establo de Belén, para que puedan contemplar este grandioso espectáculo: el Salvador en el pesebre, y considerar la razón para ese humilde lecho: “porque no había lugar para ellos en el mesón”.

I. Para comenzar quisiera comentar que HUBO OTRAS RAZONES POR LAS QUE CRISTO DEBÍA SER COLOCADO EN EL PESEBRE.

1. Yo pienso que se tenía el propósito de mostrar Su humillación. Conforme a la profecía, Él vino para ser “despreciado y desechado entre los hombres, varón de dolores, experimentado en quebrantos”; “No hay parecer en él, ni hermosura”; “como raíz de tierra seca”. ¿Habría sido apropiado que el hombre que debía morir desnudo en la cruz, estuviera cubierto de púrpura en Su nacimiento? ¿No hubiera sido inapropiado que el Redentor, que habría de ser sepultado en un sepulcro prestado, naciera en otro lugar que no fuera el cobertizo más humilde, y que fuera albergado en otro lugar que no fuera el sitio más innoble? El pesebre y la cruz, ubicados en los dos extremos de la vida terrenal del Salvador, parecen muy apropiados y congruentes entre sí. Él ha de usar a lo largo de Su vida la túnica de un campesino; ha de asociarse con pescadores; los de humilde condición han de ser Sus discípulos; los fríos montes han de ser a menudo su único lecho; habrá de decir: “Las zorras tienen guaridas, y las aves de los cielos nidos; mas el Hijo del Hombre no tiene dónde recostar la cabeza”; nada, por tanto, podría ser más apropiado que en Su etapa de humillación -cuando hizo a un lado toda Su gloria y tomó la forma de siervo y se rebajó al estado más humilde- fuera recostado en un pesebre.

2. Por el hecho de estar en un pesebre se declaraba que era rey de los pobres. Con base en la posición en la que se encontraba, los pobres, sin duda, fueron capaces de reconocer de inmediato la relación que tenía con ellos. Que el ángel les dijera: “Esto os servirá de señal: Hallaréis al niño envuelto en pañales, acostado en un pesebre”, creo que provocó sentimientos de la mayor cordialidad fraternal en las mentes de los pastores. A los ojos de los pobres, los trajes imperiales no provocan ningún afecto, pero un hombre que lleva su mismo atuendo, atrae su confianza. Con qué pertinacia los obreros se adhieren a un líder de su propia categoría, y creen en él porque conoce sus fatigas, se identifica con sus aflicciones y siente un interés por todas sus inquietudes. Los grandes comandantes se han ganado rápidamente los corazones de sus tropas compartiendo sus dificultades y adversidades como si fuesen soldados rasos. El Rey de los Hombres que nació en Belén no estuvo exento en Su infancia de las comunes calamidades de los pobres, más aún, Su porción fue incluso peor que la de ellos. Me parece que oigo a los pastores que comentan junto al pesebre de la natividad: “¡Ah!”, le dice uno a su compañero, “entonces Él no será como Herodes, el tirano; recordará el pesebre y se compadecerá de los pobres; pobre infante indefenso, ya siento amor por Él; qué miserable alojamiento le brinda este indiferente mundo a su Salvador; quien ha nacido hoy no es uno de los Césares. Él nunca hollará nuestros campos con Sus ejércitos, ni sacrificará a nuestros rebaños para sus cortesanos. Él será el amigo del hombre pobre, el monarca del pueblo; de acuerdo a las palabras de nuestro rey-pastor, Él juzgará a los afligidos del pueblo y salvará a los hijos del menesteroso”. Seguramente los pastores y gente de su clase, los pobres de la tierra, percibieron de inmediato que allí estaba el rey de los plebeyos; era de noble ascendencia pero, aun así, era tal como el Señor lo había llamado: “un escogido de mi pueblo”. ¡Grandioso Príncipe de Paz, el pesebre fue Tu regia cuna! Allí fuiste presentado ante todas las naciones como Príncipe de nuestra raza, ante cuya presencia no hay bárbaro ni escita, siervo ni libre, sino que Tú eres Señor de todo. Reyes: ustedes habrían prodigado su oro y su plata en Él si hubieran conocido al Señor de Gloria, pero en tanto que no lo conocieron, Él fue declarado con grandes demostraciones que había sido dado por jefe y testigo a las naciones. Él hará que lo que no es, deshaga lo que es, y lo menospreciado que Dios ha escogido, bajo Su liderazgo, quebrantará el poder, la soberbia y la majestad de la grandeza humana.

3. Adicionalmente, al ser puesto en un pesebre, por decirlo así, extendía una invitación a los más humildes para que vinieran a Él. Nosotros podríamos temblar si nos aproximamos a un trono, pero no temeríamos si nos acercamos a un pesebre. Si hubiéramos visto de entrada al Maestro, cabalgando a lo largo de las calles de Jerusalén con gran pompa, sobre mantos tendidos en el camino y ramas de palmeras esparcidas, y a la gente clamando: “¡Hosanna!”, podríamos haber pensado que era inaccesible, aunque ese simple pensamiento habría sido errado. Aun allí, cabalgando sobre un pollino hijo de asna, Él era tan manso y humilde que los niños se agrupaban en torno suyo con sus infantiles gritos de: “¡Hosanna!” No podría haber nunca un ser más accesible que Cristo. No había rudos guardias que alejaran con aspereza a los peticionarios; ninguna formación de solícitos amigos tenía permiso de mantener alejada a la viuda importuna o al hombre que vociferaba para que su hijo fuera sanado; el borde de Su manto iba siempre rezagado para que los pobres pudieran tocarlo, y Él mismo tenía siempre lista una mano para tocar a los enfermos, un oído para captar los más lánguidos acentos de la miseria, un alma que se proyectaba por todas partes en rayos de misericordia, tal como la luz del sol se proyecta por todos lados más allá del orbe mismo. Acostado en un pesebre demostraba que era un sacerdote tomado de entre los hombres, uno que sufriría como Sus hermanos, y por tanto, alguien capaz conmoverse con nuestras debilidades. De Él se dijo: “Él come y bebe con los publicanos y pecadores”; “Este a los pecadores recibe, y con ellos come”. Aun siendo un bebé, por estar acostado en un pesebre, fue presentado como el amigo de los pecadores. ¡Vengan a Él, ustedes que están trabajados y cargados! ¡Vengan a Él, ustedes que tienen el espíritu quebrantado, ustedes que están abatidos en el alma! ¡Vengan a Él, ustedes que se desprecian a ustedes mismos y que son despreciados por los demás! ¡Vengan a Él, publicanos y rameras! ¡Vengan a Él, ladrones y borrachos! Yace allí en el pesebre, y es accesible al contacto con ustedes y es visible a su mirada. Doblen su rodilla y besen al Hijo de Dios; acéptenlo como su Salvador, pues se coloca en ese pesebre para que ustedes se aproximen a Él. El trono de Salomón podría atemorizarlos pero el pesebre del Hijo de David tiene que invitarlos.

4. Me parece que todavía había otro misterio. Ustedes recuerdan, hermanos, que ese era un lugar gratuito para todos; era un mesón, y recuerden, por favor, que el mesón, en este caso, no era como nuestros hoteles, donde hay que pagar por el alojamiento y por los alimentos. En las etapas iniciales y simples del mundo, las personas consideraban que era un honor brindar hospitalidad a un forastero; posteriormente, conforme los viajes se volvieron más comunes, muchos deseaban transferir ese honor y placer a sus vecinos; ¿por qué tendrían que absorber ellos solos toda la dignidad de la hospitalidad? Más adelante, una persona específica era designada en cada pueblo y aldea, y se esperaba que brindara hospitalidad a los forasteros a nombre del resto; pero, conforme las épocas dejaron de ser simples, y el prístino ardor del amor fraternal se enfriaba, la única provisión que se hacía era la edificación de un gigantesco edificio cuadrado, con habitaciones disponibles para los viajeros y con niveles inferiores para las bestias, y allí, con una cierta provisión de agua y, en algunos casos, de paja picada para el ganado, el viajero tenía que acomodarse como pudiera. No tenía que comprar un boleto de admisión en el ‘caravasar’, pues era gratuito para todos, y en especial lo era el establo. Ahora, amados, nuestro Señor Jesucristo nació en el establo del mesón para mostrar cuán gratuito era para todos los que se acercasen a Él. El Evangelio es predicado a toda criatura y no excluye a nadie. Acerca de las invitaciones de la Santa Escritura podemos decir:

“Nadie está excluido de ellas

Salvo quienes se excluyen a sí mismos;

Son bienvenidos el docto y el refinado,

El ignorante y el rudo.

 

Aunque la gracia de Jesús salva al príncipe,

El pobre también puede tomar su parte;

Ningún mortal tiene una justa pretensión

De perecer en la desesperación”.

Las exclusiones de clase son desconocidas aquí y las prerrogativas de casta no son reconocidas. No se requiere ninguna forma de etiqueta al entrar al establo; no puede ser una ofensa entrar al establo de un caravasar público. Entonces, si tú deseas venir a Cristo, puedes venir a Él tal como eres; puedes venir ahora. Cualquiera de ustedes que tenga el deseo en su corazón de confiar en Cristo, es libre de hacerlo. Jesús es gratuito para ti; Él te recibirá; Él te dará la bienvenida con alegría, y yo creo que para demostrar esto, el bebé fue acunado en un pesebre. Nosotros sabemos que los pecadores imaginan a menudo que están excluidos. Con mucha frecuencia la conciencia convicta escribe cosas amargas contra sí misma y niega su parte y suerte en las provisiones de la misericordia.

Hermano, si Dios no te ha excluido, no te excluyas tú mismo. Mientras no encuentres que está escrito en el Libro que tú no puedes confiar en Cristo; en tanto que no puedas citar un pasaje incontestable en el que esté escrito que Él no es capaz de salvarte, yo te suplico que aceptes esa otra palabra en la que está escrito: “Puede también salvar perpetuamente a los que por él se acercan a Dios”. Confía en esa promesa: ven a Cristo en la fuerza y en la fe de ella, y descubrirás que es gratuito para todos los que vienen.

5. No hemos agotado todavía todas las razones por las que el Hijo del Hombre fue colocado en un pesebre. En el pesebre las bestias eran alimentadas; ¿y está acostado el Salvador donde las bestias cansadas reciben su forraje, y no habrá un misterio aquí? Ay, hay algunos hombres que se han vuelto tan brutales debido al pecado, tan completamente depravados por sus lascivias, que para sus propias conciencias todo lo que semeje ser humano ha desaparecido, pero incluso para ellos funcionarán los remedios de Jesús, el Grandioso Médico. Leemos constantemente en nuestros periódicos acerca de hombres que son llamados incorregibles, y está de moda precisamente ahora exigir agresivamente que estos hombres sean tratados con auténtica severidad. Hace unos cuantos años todo el mundo se volvía loco con una humanidad espuria, clamando que la gentileza reformaría al brutal ladrón a quien los severos castigos endurecerían irremediablemente; ahora la corriente ha cambiado, y todo el mundo está exigiendo el abandono del presente sistema. Yo no abogo por que se trate a los criminales delicadamente; su pecado les debe proporcionar su justa ración de remordimiento; pero si pudieran ser reformados por cualquier medio, por favor, que se intente ese medio. El día vendrá cuando el paroxismo de esta fiebre de garrotear se acabe, y nos sonrojaremos al pensar que al ser atemorizados por unos insensatos temores caímos en una peligrosa interferencia con una obra grande y buena que hasta ahora ha sido realizada exitosamente. Es un hecho que bajo el presente sistema que es admirable (reduciendo algunas fallas que sería bueno subsanar), el crimen se está volviendo menos frecuente, y la clase de ofensores descarados ha sido reducida notablemente. Mientras que en el año de 1844, 18,490 convictos fueron transportados, en 1860 el número correspondiente fue de 11,533, y eso a pesar del incremento en la población. El sistema de libertad condicional, cuando el público empleaba a los convictos y así les daba una oportunidad de ganar un nuevo carácter, funcionó tan bien que poco más de uno por ciento en un año fueron convictos de nuevo, e incluso ahora se tiene que sólo un cinco por ciento por año regresan al crimen y a prisión. Bien, ahora, si el cinco por ciento no recibe ningún bien, o incluso empeora, ¿no deberíamos considerar al otro noventa y cinco por ciento, y hacer una pausa por un momento antes de desatar nuestra venganza y sustituir un sistema cristiano de misericordia esperanzada por la vieja regla bárbara de una severidad irreducible? Tengan cuidado, conciudadanos, tengan cuidado de no restaurar la vieja idea de que los hombres pueden pecar más allá de la esperanza de reforma, o generarán criminales peores que aquellos que ahora nos turban. Las leyes de Dracón deberán constituirse siempre en fracasos, pero no duden del triunfo definitivo de los planes que el espíritu cristiano ha sugerido.

Me he desviado del tema, pues pensé que podría salvar a algunos del delito de oponerse a la verdadera filantropía por causa de un pánico repentino; pero voy a regresar de inmediato al pesebre y al bebé. Yo creo que nuestro Señor fue colocado en el pesebre donde se alimentaban las bestias, para mostrar que incluso hombres que semejan a las bestias pueden venir a Él y vivir. Ninguna criatura puede ser tan degradada que Cristo no pueda levantarla. Podría caer, y podría parecer que caerá invariablemente en el infierno, pero el brazo largo y fuerte de Cristo puede alcanzarla aun en su más desesperada degradación y puede levantarla de una aparente ruina irremediable. Si hubiere alguien que haya entrado aquí esta mañana a quien la sociedad aborrece y que se aborreciera a sí mismo, mi Señor acostado en el establo, con las bestias, se presenta con la capacidad de salvar al más vil de los viles, y de aceptar al peor de los peores aun ahora. Cree en Él y Él te hará una nueva criatura.

6. Pero si bien Cristo fue puesto donde se alimentaban las bestias, por favor recuerden que después que se fue las bestias se alimentaron allí otra vez. Era sólo Su presencia la que podía glorificar el pesebre, y aquí aprendemos que si Cristo fuera retirado, el mundo regresaría a su anterior oscuridad pagana. La civilización misma desaparecería, al menos aquella parte que realmente civiliza al hombre, si la religión de Jesús pudiera ser extinguida. Si Cristo fuera suprimido del corazón humano, los más santos se envilecerían otra vez, y aquellos que reclaman parentesco con los ángeles pronto demostrarían que están relacionados con los demonios. El pesebre, digo, sería todavía un pesebre para bestias, si el Señor de Gloria fuere retirado, y nosotros regresaríamos a nuestros pecados y a nuestras lascivias si Cristo retirara una vez Su gracia y nos abandonara a nosotros mismos. Me parece que Cristo fue puesto en un pesebre por las razones mencionadas.

II. Pero el texto dice, además, que fue puesto en un pesebre porque no había lugar para Él en el mesón, y esto nos conduce al segundo comentario, QUE HABÍA OTROS LUGARES ADEMÁS DEL MESÓN QUE NO TENÍAN LUGAR PARA CRISTO.

¿Acaso los palacios de los emperadores y los salones de los reyes no proveyeron ningún refugio al regio forastero? ¡Ay, hermanos míos, raramente hay lugar para Cristo en los palacios! ¿Cómo podrían los reyes de la tierra recibir al Señor? ¡Él es el Príncipe de Paz, y ellos se deleitan en la guerra! Él quiebra sus arcos y corta en pedazos sus lanzas; quema sus carros de guerra en el fuego. ¿Cómo podrían aceptar los reyes al humilde Salvador? Ellos aman la grandeza y la pompa, y todo Él es simplicidad y mansedumbre. Él es el hijo de un carpintero, y el compañero del pescador. ¿Cómo pueden los príncipes encontrar lugar para el monarca recién nacido? Vamos, Él nos enseña a hacer con los otros como quisiéramos que hicieran con nosotros, y esto es algo que los reyes encontrarían muy difícil de reconciliar con los astutos trucos de la política y los codiciosos designios de la ambición. Oh, grandes de la tierra, poco me sorprende que en medio de sus glorias, y placeres, y guerras, y concilios, olviden al Ungido, y echen fuera al Señor de Todo. No hay lugar para Cristo con los reyes. Consideren a todos los reinos de la tierra ahora, y con una excepción por aquí y por allá, sigue siendo verdad que: “Se levantarán los reyes de la tierra, y príncipes consultarán unidos contra Jehová y contra su ungido”. Veremos a algún monarca por aquí y por allá en el cielo; pero, ¡ah!, cuán pocos serán; en verdad un niño podría llevar su cuenta. “No sois muchos sabios según la carne, ni muchos poderosos”. Las cámaras de estado, los gabinetes, los salones de los tronos y los palacios reales son tan poco frecuentados por Cristo tal como las junglas y los pantanos de la India son muy poco frecuentados por el cauteloso viajero. Él visita con mucha mayor asiduidad las casuchas que las residencias reales, pues no hay lugar para Jesucristo en los regios salones. 

“Cuando el eterno inclina los cielos

Para visitar las cosas terrenales,

Con escarnio divino aparta Sus ojos

De las torres de los reyes altivos.

 

Ordena que su terrible carro ruede

Y descienda de los cielos,

Para visitar con ojos complacientes

A toda alma humilde”.

Pero había senadores, había foros de discusión política, había lugares en donde los representantes del pueblo dictan las leyes, ¿y acaso no había lugar para Cristo allí? ¡Ay!, hermanos míos, ninguno, y hasta este día hay muy poco lugar para Cristo en los parlamentos. ¡Cuán raramente es reconocida la religión por los políticos! Por supuesto que si una religión del Estado consintiera en ser algo pobre, domada e impotente, consintiera en ser un león al que le han extraído todos sus dientes y al que le han recortado toda su melena, y al que le han suprimido todas sus garras, sí, esa religión pudiera ser reconocida; pero para el verdadero Cristo y para quienes le siguen y se atreven a obedecer Sus leyes en una mala generación, ¿qué lugar hay para tales personas? Cristo y Su Evangelio, ¡oh!, esto es sectarismo, y es apenas digno de la atención del desprecio. ¿Quién intercede por Cristo en el senado? ¿Acaso no es Su religión, bajo el nombre de sectarismo, el gran terror de todos los partidos? ¿Quién cita Su regla de oro como una directriz para primeros ministros, o quién predica el perdón a la manera de Cristo como una regla para una política nacional? Uno o dos le dirán una buena palabra, pero si se sometiera a votación si el Señor Jesús debe ser obedecido o no, pasarían muchos días antes que las respuestas afirmativas ganasen. Partidos, políticas, cazadores de posiciones, y buscadores de placeres excluyen al Representante del Cielo de un lugar entre los representantes de la Tierra.

¿No se podría encontrar algún lugar para Cristo en lo que se ha dado en llamar “la buena sociedad”? ¿No había en Belén algunas personas que fueran muy respetables, que se mantuvieran apartadas de la muchedumbre común; personas de reputación y de posición? ¿No podían ellas encontrar lugar para Cristo? ¡Ah!, queridos amigos, es muy común el caso de que no haya lugar para Él en lo que se ha dado en llamar la ‘buena sociedad’. Hay lugar para todas las pequeñas formas tontas por las que los hombres deciden estorbarse ellos mismos; hay lugar para las vanas sutilezas de la etiqueta; hay lugar para la conversación frívola; hay lugar para la adoración del cuerpo; hay lugar para la erección de esto y de aquello como el ídolo de la hora, pero hay demasiado poco lugar para Cristo, y está lejos de estar de moda seguir plenamente al Señor. El advenimiento de Cristo sería lo último que la alegre sociedad desearía; la simple mención de Su nombre por los labios del amor causaría una extraña sensación. Si comenzaras a hablar de las cosas de Cristo en muchos círculos, serías declarado tabú de inmediato. “Jamás voy a invitar de nuevo a ese hombre a mi casa”, diría fulano de tal, “si es que tiene que traer a su religión consigo”. La locura y las galas, el rango y el honor, las joyas y el brillo, la frivolidad y la moda, todas esas cosas reportan que no hay lugar para Jesús en sus moradas.

 

¿Pero no hay lugar para Él en la Bolsa de Valores? ¿No puede ser llevado a los mercados del comercio? Aquí están los mercaderes de una nación mercader; ¿no hay lugar para Cristo ahí? ¡Ah, queridos amigos, cuán poco del espíritu, y de la vida y de la doctrina de Cristo puede encontrarse allí! Al comerciante le parece inconveniente ser demasiado escrupuloso; el mercader descubre con frecuencia que si ha de hacer una fortuna, tiene que violentar su conciencia. Cuántos hay –bien, no diré que mientan expresamente, pero aun así… aun así… aun así…- mejor lo digo claramente, ellos en verdad mienten indirectamente con gran determinación. ¿Quién no sabe, mientras prosigue su camino, que tiene que haber muchos mentirosos por todas partes? Pues casi cada casa que ves es “la casa más barata en Londres” y eso es imposible; ¡con toda certeza no todas las casas pueden ser las más baratas! ¡Qué astucia manejan algunos! ¡Cuánto bombo y falsedad! ¡Qué sagacidad y juegos de manos! Qué ayes pronunciaría mi Señor sobre algunos de ustedes si mirara en las ventanas de sus tiendas, o se detuviera tras sus mostradores. Son tan abundantes las bancarrotas, las estafas y los fraudes, que en cantidad de casos no hay lugar para Jesús en el mercado o en la tienda.

Luego están las escuelas de los filósofos, y ellos es seguro que lo hospedarán. Los sabios encontrarán en Él a la sabiduría encarnada; Aquel que siendo un jovencito habría de convertirse en el maestro de los doctores, que habría de sentarse y hacerles preguntas y recibir sus respuestas, seguramente encontrará lugar de inmediato entre los sabios de Grecia, y los hombres de criterio y de ingenio lo honrarán. “¡Hagan lugar para Él, Sócrates y Platón! Abran paso, estoicos y epicúreos; y ustedes, ustedes, maestros de Israel, desalojen sus asientos; si no hay lugar para este niño sin que tengan que salir, váyanse; es preciso tenerlo a Él en las escuelas de filosofía aunque los saquemos a ustedes”. No, queridos amigos, pero no es así; hay muy poco lugar para Cristo en los colegios y en las universidades, hay muy poco lugar para Él en los centros del aprendizaje. ¡Cuán a menudo el conocimiento ayuda a los hombres a poner objeciones a Cristo! Demasiado frecuentemente el conocimiento es la forja donde se hacen los clavos para la crucifixión de Cristo; con demasiada frecuencia el ingenio se ha convertido en el artífice que ha aguzado la lanza y ha hecho la vara con la cual Su corazón ha de ser traspasado. Tenemos que decirlo, que la filosofía, así llamada falsamente, (pues la verdadera filosofía, si fuese manejada rectamente, ha de ser siempre amiga de Cristo) la filosofía, así llamada falsamente, repito, ha hecho daño a Cristo, pero raramente ha servido a Su causa. Unos cuantos con espléndidos talentos, unos cuantos de los eruditos y de los profundos se han inclinado como niños a los pies del Bebé de Belén, y han sido honrados al inclinarse allí, pero demasiados, conscientes de su conocimiento, duros y severos en su altivez por su sabiduría, han dicho: “¿Quién es Cristo, para que yo lo reconozca?” No se encontró ningún lugar en las escuelas.

Pero seguramente habría un lugar donde Él pudiera ir: era el Sanedrín, donde se sentaban los ancianos. ¿O no podría alojarse en la cámara sacerdotal donde se reúnen los sacerdotes con los levitas? ¿No habría lugar para Él en el templo o en la sinagoga? No, Él no encontró refugio allí; más bien, fue allí donde encontró a sus más feroces enemigos a lo largo de toda su vida. No fue la multitud común sino que fueron los sacerdotes los instigadores de Su muerte; los sacerdotes azuzaron al pueblo para que dijera: “No a éste, sino a Barrabás”. Los sacerdotes pagaron sus siclos para sobornar a la voz popular, y entonces Cristo fue perseguido hasta Su muerte. Seguramente debió de haber habido lugar para Él en la Iglesia de Su propio pueblo; pero no lo hubo. Sucede con demasiada frecuencia en la iglesia sacerdotal que una vez que se vuelve reconocida y se remonta en dignidad, no hay lugar para Cristo allí. No aludo ahora a una denominación específica, sino que tomo todo el rango del cristianismo, y es extraño que cuando el Señor viene a los suyos, los suyos no le reciben. Los enemigos más malditos de la verdadera religión han sido los hombres que pretendían ser sus abogados. No hemos de maravillarnos cuando los obispos socavan la fe popular en la revelación; esa no es ni su primera ni su última ofensa. ¿Quién quemó a los mártires, y convirtió a Smithfield en un campo de sangre, en un horno de fuego ardiente, en un gran altar para el Dios Altísimo? Pues bien, aquellos que profesaban ser ungidos del Señor, cuyas tonsuras habían recibido la bendición episcopal. ¿Quién metió a John Bunyan en prisión? ¿Quién corrió de sus púlpitos a hombres tales como Owen y los puritanos? ¿Quién acosó hasta los montes a los ‘Covenanters’ (firmantes del pacto escocés de la reforma religiosa)? ¿Quién, amigos, sino los que profesan ser los mensajeros del cielo y los sacerdotes de Dios? ¿Quién ha dado caza a los santos bautizados en cada tierra, y los ha perseguido en muchos estados continentales? Siempre los sacerdotes; siempre los sacerdotes; no hay lugar para Cristo con los profetas de Baal, con los siervos de Babilonia. Los falsos mercenarios que no son pastores de Cristo y que no aman a Sus ovejas, han sido siempre los más feroces enemigos de nuestro Dios y de Su Cristo. No hay lugar para Él donde con solemnes himnos cantan a Su nombre y donde alzan Su imagen en medio del humo del incienso. Doquiera que vayan no hay lugar para el Príncipe de paz, excepto con los espíritus humildes y contritos que Él prepara por gracia para que le brinden abrigo.

III.   Pero ahora, como tercer comentario, tenemos que EL PROPIO MESÓN NO TENÍA UN LUGAR PARA ÉL; y esta fue la principal razón por la que tuvo que ser colocado en un pesebre.

¿Qué podemos encontrar en tiempos modernos que ocupe el lugar del mesón? Bien, hay un sentimiento público que es libre para todos. En esta tierra libre, los hombres dicen lo quieran, y hay una opinión pública sobre cualquier tema; y ustedes saben que hay una libre tolerancia en este país para todo: permítanme decirlo, tolerancia para todo menos para Cristo. Ustedes descubrirán que el espíritu de persecución es ahora mucho más abundante que nunca. Hay todavía hombres de quienes está muy en boga burlarse. Nosotros nunca nos burlamos de los cristianos hoy en día; no nos reímos de ese título respetable, no vaya a ser que perdamos nuestro propio honor; nosotros no hablamos hoy en día en contra de los seguidores de Jesús, bajo ese nombre. No; pero hemos descubierto una manera de hacerlo con mayor seguridad. Hay una bonita palabra que es de moderna invención –una palabra muy bonita- la palabra “sectario”. ¿Sabes lo que significa? Un sectario quiere decir un verdadero cristiano; un hombre que se puede dar el lujo de mantener una conciencia, y al que no le importa sufrir por ello; un hombre que, sea lo que sea que encuentre en ese viejo Libro, lo cree, y actúa con base en ello, y es celoso de hacerlo. Yo creo que los hombres a quienes se intenta describir con el término de: “sectarios”, son los verdaderos seguidores de Cristo, y que los escarnios y las burlas, y todas las tonterías que ustedes están leyendo y oyendo siempre, están dirigidas realmente al cristiano, al verdadero cristiano, sólo que está disfrazado y etiquetado con la palabra ‘sectario’. Yo no daría un centavo por su religión, es más, no daría ni siquiera un comino a menos que ganen ese título algunas veces. Si la Palabra de Dios es verdadera, si cada uno de sus átomos es verdadero, entonces debemos actuar en consecuencia; y toda cosa que el Señor mande, debemos guardarla y obedecerla diligentemente, recordando que nuestro Maestro nos dice que si quebrantamos uno de estos mandamientos muy pequeños, y así enseñamos a los hombres, muy pequeños seremos llamados en Su reino. Tenemos que ser muy celosos, muy precisos, muy ansiosos, para que incluso en las minucias de las leyes de nuestro Salvador le obedezcamos, teniendo alzada nuestra mirada a Él así como los ojos de las siervas están puestos en sus amas. Pero si hicieran esto, descubrirían que no son tolerados, y serían ignorados en la sociedad. Un cristiano celoso encontrará tan ciertamente una cruz que cargar en su día como en los días de Simón Cireneo. Si te quedaras callado, si dejaras que los pecadores perezcan, si no te esforzaras nunca por propagar tu fe, si callaras todo testimonio por la verdad, si, de hecho, renunciaras a todos los atributos de un cristiano, si dejaras de ser lo que un cristiano debe ser, entonces el mundo diría: “¡Ah!, eso está bien; esa es la religión que nos gusta”. Pero si crees, si crees firmemente, y si dejas que tu creencia actúe sobre tu vida, y si tu creencia es tan preciosa que te sientes compelido a difundirla, entonces descubrirás de inmediato que no hay lugar para Cristo ni siquiera en el mesón del sentimiento público, donde todo lo demás es bien recibido. Si eres un infiel, nadie va a tratarte despreciativamente por eso; pero si eres un cristiano, muchos te despreciarán. “No había lugar para él en el mesón”.

Cuán poco lugar hay para Cristo, también, en la conversación general, que es también como un mesón. Nosotros hablamos sobre muchas cosas; un hombre puede hablar en nuestros días sobre cualquier tema que le agrade; nadie puede detenerlo y decirle: “Hay un espía captando tus palabras; él te reportará a alguna autoridad central”. Hablar goza de entera libertad en esta tierra; pero, ¡ah, cuán poco lugar hay para Cristo en la conversación general! Incluso la tarde del domingo cuán poco lugar hay para Cristo en algunos hogares de cristianos profesantes. Se habla de los ministros, se cuentan extrañas anécdotas acerca de ellos, tal vez se inventen unas cuantas o, al menos, se adornen las antiguas, y se les añada algo, y se hagan un poco más brillantes; se hablará acerca de la escuela dominical, o de las diversas agencias conectadas con la Iglesia, ¡pero cuán poco se dice acerca de Cristo! Y si alguien preguntara en la conversación: “¿No podríamos hablar acerca de la Deidad y de la humanidad, de la obra terminada y de la justicia, de la ascensión, o de la segunda venida de nuestro Señor Jesucristo”? veríamos que muchos individuos que incluso profesan ser seguidores de Cristo, erguirían sus cabezas y dirían: “Vamos, ese hombre es un verdadero fanático, o de lo contrario no pensaría en introducir un tema así en la conversación general”. No, no hay lugar para Él en el mesón; hasta este día Él puede encontrar solo un limitado acceso allí.

Me dirijo a muchos que son obreros. Ustedes trabajan entre muchísimos artesanos día tras día; ¿no encuentran, hermanos –yo sé que sí- que hay muy poco lugar para Cristo en el taller? Hay lugar allí para cualquier otra cosa; hay lugar para decir malas palabras; hay lugar para la borrachera; hay lugar para una conversación lasciva; hay lugar para la política, para las calumnias o las infidelidades; pero no hay lugar para Cristo. Muchos de nuestros trabajadores piensan que la religión sería un estorbo, una cadena, una miserable prisión para ellos. Pueden frecuentar el teatro, o asistir a una conferencia, pero la casa de Dios es demasiado deprimente para ellos. Desearía no verme forzado a decirlo, pero en verdad no hay lugar para Cristo en nuestras fábricas, en nuestros talleres y en nuestras fundiciones. El mundo está dando codazos y empujando en busca de más lugar de manera que escasamente queda un rincón donde puede ser colocado el Bebé de Belén.

En cuanto a los mesones de los tiempos modernos, ¿quién pensaría en encontrar a Cristo allí? Excluyendo de nuestros catálogos esos hoteles y casas a la vera del camino que son necesarios para el alojamiento de los viajeros, ¿qué mayor maldición tenemos que nuestras tabernas y cantinas? ¿Qué puertas más anchas hay para el infierno? ¿Quién acudiría a esos lugares como lo hemos hecho nosotros alumbrándonos con lámparas de gas en las esquinas de todas nuestras calles para encontrar a Cristo allí? ¡Es casi como esperar encontrarle en el pozo del abismo! ¡Es tan improbable que busquemos ángeles en el infierno como buscar a Cristo en el palacio de la ginebra! Aquel que es apartado de los pecadores no encuentra una sociedad apropiada en el templo maloliente de Baco. No hay lugar para Jesús en el mesón. Yo pienso que preferiría pudrirme o alimentar a los cuervos, que ganar mi pan diario gracias al centavo de los necios, robados a sus harapientos hijos, y a su enflaquecida esposa. Muchos publicanos se engordan comiendo la carne y los huesos y la sangre y las almas de los hombres. El que se vuelve rico gracias a los frutos del vicio es una bestia que está siendo preparada para el matadero. Verdaderamente no hay lugar para Cristo entre los ebrios de Efraín. Aquellos que tienen algo que ver con Cristo deberían oírle decir: “Salid de en medio de ellos, y apartaos, dice el Señor, y no toquéis lo inmundo; y yo os recibiré, y seré para vosotros por Padre, y vosotros me seréis hijos e hijas”. No hay lugar para Cristo hoy en día incluso en los lugares a los que asiste el público.

IV. Esto me conduce a mi cuarto encabezado, que es el más pertinente, y sobre el que es más necesario reflexionar un momento. ¿TIENES TÚ LUGAR PARA CRISTO? ¿TIENES TÚ LUGAR PARA CRISTO?

Ya que el palacio y el foro y el mesón no tienen lugar para Cristo, y ya que los lugares públicos no tienen ningún lugar disponible, ¿tienes tú lugar para Cristo? “Bien” –dice uno- “yo tengo lugar para Él, pero no soy digno de que venga a mí”. ¡Ah!, yo no pregunté por algún merecimiento; ¿tienes lugar para Él? “¡Oh” –dice uno- “yo tengo un espacio desocupado que el mundo no puede llenar jamás!” ¡Ah! Veo que tienes lugar para Él. “¡pero el espacio que tengo en mi corazón es tan vil!” Así era el pesebre. “¡Ah, pero mi corazón es inmundo!” Así, tal vez, pudiera haber sido el pesebre. “¡Oh, pero yo siento que es un lugar que no es del todo apropiado para Cristo!” Tampoco el pesebre era un lugar apropiado para Él, y sin embargo, fue colocado allí. “¡Oh, pero yo he sido un gran pecador; siento como si mi corazón fuera una guarida de bestias y demonios!” Bien, el pesebre había sido un lugar donde las bestias se habían alimentado. ¿Tienes lugar para Él? Que no te importe lo que haya sido el pasado; Él puede olvidar y perdonar. No importa cuál pudiera ser incluso el presente estado, si tú lo lamentas. Si tú tienes lugar para Cristo, Él vendrá y será tu huésped. Te ruego que no digas: “espero que tendré lugar para Él”; el tiempo ha llegado en que nacerá; María no puede esperar meses ni años. ¡Oh!, pecador, si tú tienes lugar para Él deja que nazca hoy en tu alma. “Si oyereis hoy su voz, no endurezcáis vuestros corazones, como en la provocación”. “He aquí ahora el tiempo aceptable; he aquí ahora el día de salvación”. ¡Lugar para Jesús! ¡Lugar para Jesús ahora! “¡Oh!”, -dice uno- “yo tengo lugar para Él, pero ¿querrá venir?” ¡Él, en verdad, vendrá! Sólo deja abierta la puerta de tu corazón, sólo di: “Jesús, Señor, todo indigno e inmundo miro a Ti; ven, alójate dentro de mi corazón”, y Él vendrá a ti, y limpiará el pesebre de tu corazón, es más, lo transformará en un trono de oro, y allí se sentará y reinará por los siglos de los siglos. ¡Oh, tengo que predicar esta mañana sobre un Cristo tan gratuito! Quisiera poder predicarlo mejor. Tengo que predicar sobre un Jesús amoroso y precioso, ya que Él está dispuesto a encontrar un hogar en corazones humildes. ¡Qué!, ¿no hay ningún corazón aquí esta mañana que esté dispuesto a recibirlo? ¿Ha de recorrer mi vista estas galerías a mi alrededor y mirar a muchos de ustedes que están todavía sin Él, y no hay nadie que diga: “Entra, entra”? ¡Oh, será un día feliz para ustedes sin son capacitados para tomarlo en sus brazos y recibirlo como la consolación de Israel! Entonces pueden esperar con gozo aun a la muerte, y decir con Simeón: “Ahora, Señor, despides a tu siervo en paz, conforme a tu palabra; porque han visto mis ojos tu salvación”. ¡Mi Señor necesita lugar! ¡Lugar para Él! ¡Lugar para Él! Yo, Su heraldo, exclamo a gran voz: ¡Lugar para el Salvador! ¡Lugar! Aquí está mi regio Señor ¿tienen lugar para Él? Aquí está el Hijo de Dios encarnado, ¿tienen lugar para Él? Aquí está Aquel que puede perdonar todo pecado, ¿tienen lugar para Él? Aquí está Aquel que te hace sacar del pozo de la desesperación, del lodo cenagoso, ¿tienen lugar para Él? Aquí está Aquel que cuando entra no saldrá nunca más, sino que morará con ustedes para siempre para convertir a su corazón en un cielo de gozo y de bienaventuranza para ustedes, ¿tienen lugar para Él? Es todo lo que pido. Su vacío, su nada, su carencia de sentimiento, su falta de bondad, su vacío de gracia, todo esto no será sino lugar para Él. ¿Tienen lugar para Él? ¡Oh!, Espíritu de Dios, conduce a muchos a decir: “Sí, mi corazón está listo”. ¡Ah!, entonces Él vendrá y morará con ustedes. 

“Gozo para el mundo, el Salvador viene,

El Salvador prometido hace mucho tiempo;

Que cada corazón prepare un trono

Y cada voz un cántico”.

V. Concluyo con el comentario de que si tienen lugar para Cristo, entonces, a partir de este día, recuerden que EL MUNDO NO TIENE LUGAR PARA USTEDES, pues el texto no sólo dice que no había lugar para Él, sino que miren, dice: “No había lugar para ellos”, no había lugar para José ni para María, como tampoco lo había para el bebé. ¿Quiénes son Su padre, y madre, y hermana y hermano, sino aquellos que reciben Su palabra y la guardan? Entonces, así como no hubo lugar para la Virgen bendita, ni para Su honorable padre, recuerden que a partir de ahora no hay lugar en este mundo para ningún verdadero seguidor de Cristo. No hay lugar para que descanses; no, has de ser un soldado de la cruz, y no encontrarás descanso en la guerra de toda tu vida. No hay lugar para que te sientes y estés contento con tus propios logros, pues eres un viajero, y olvidando lo que queda atrás, has de extenderte a lo que está delante; no hay lugar para ti donde ocultes tu tesoro, pues allí en verdad el orín y la polilla corrompen; no hay lugar para ti donde pongas tus confianzas, pues “Maldito el varón que confía en el hombre, y pone carne por su brazo”. A partir de este día no habrá lugar para ti en la buena opinión del mundo, pues van a considerar que eres una escoria; no hay lugar para ti en la sociedad distinguida del mundo; debes salir fuera del campamento, llevando Su reproche. A partir de este momento, digo, si tienes lugar para Cristo, el mundo difícilmente encontrará un lugar de tolerancia para ti; tienes que esperar ahora que se rían de ti; ahora debes llevar la gorra de bufón en la estimación de los hombres; y tu canción tiene que estar en la línea de inicio de tu peregrinación. 

“Jesús, yo he tomado Tu cruz,

Y lo he dejado todo para seguirte,

Desnudo, pobre, despreciado, abandonado,

A partir de ahora Tú serás mi todo”.

No hay lugar para ti en el amor del mundano. Si esperas que todo el mundo te alabe, y que tus buenas acciones sean aplaudidas, estás muy equivocado. El mundo, les digo, no tiene lugar para el hombre que tiene lugar para Cristo. Si alguno ama al mundo, el amor del Padre no está en él. “¡Ay de vosotros, cuando todos los hombres hablen bien de vosotros!” “Ustedes no son del mundo, como tampoco Cristo es del mundo”. Gracias a Dios, ustedes no tienen que pedirle hospitalidad al mundo. Con sólo que les dé un estrado para la acción, y les preste durante una hora una tumba para dormir, eso les basta; no requerirán ninguna habitación permanente aquí, puesto que buscan la ciudad venidera que tiene fundamentos, cuyo arquitecto y constructor es Dios. Ustedes caminan a prisa a lo largo de este mundo tal como un forastero camina a través de una tierra extraña, y se regocijan sabiendo que aunque sean forasteros y extranjeros aquí, son conciudadanos con los santos, y son de la casa de Dios.

¿Qué dicen ustedes, jóvenes soldados? ¿Se alistarán según unos términos como estos? ¿Harán lugar para Cristo sabiendo que no habrá lugar para ustedes a partir de ahora, sabiendo que han de ser separados para siempre, aislados, tal vez, de los deudos y amigos del mundo, despojados de la confianza carnal para siempre? ¿Están dispuestos, a pesar de todo esto, a alojar al viajero? Que el Señor les ayude a hacerlo, y a Él sea la gloria por los siglos de los siglos. Amén.  

 

 

 

 

 

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