SANA DOCTRINA - Ministerio de Difusión Bíblica

Un sermón de Lutero en el tabernáculo

 

Un sermón predicado en la mañana del domingo, 11 de noviembre de 1883
Por Charles Haddon Spúrgeon
En el Tabernáculo Metropolitano, Newington.

 

“Pero el justo vivirá por su fe”.    Habacuc 2. 4

 

El apóstol Pablo usa tres veces este texto como argumento. Lean Romanos 1: 17, Gálatas 3: 11 y Hebreos 10: 38. En cada uno de esos casos se afirma que: “El justo por su fe vivirá”. El antiguo texto original al que hace referencia el apóstol cuando declaró: “Como está escrito: Mas el justo por la fe vivirá” es el del profeta Habacuc. No nos equivocamos cuando le damos a la inspiración del Antiguo Testamento la misma importancia que tiene el Nuevo Testamento, pues la verdad del Evangelio depende completamente de la verdad de los profetas de la antigua dispensación. La Biblia es una e indivisible, y no se puede cuestionar el primer Testamento y retener el Nuevo. Habacuc debe ser inspirado o Pablo escribe disparates.

 

Ayer se cumplieron cuatrocientos años de la venida a este inicuo mundo del hijo de un minero o refinador de metales que iba a hacer grandes cosas para socavar el Papado y para depurar la iglesia. El nombre de ese bebé es Martín Lutero: un héroe y un santo. Bienaventurado fue aquel día sobre todos los días del siglo que honró, pues derramó una bendición sobre todas las eras sucesivas por medio del “monje que estremeció al mundo”. Su valiente espíritu echó por tierra a la tiranía del error que había mantenido cautivas a las naciones durante mucho tiempo. Toda la historia humana desde entonces se ha visto más o menos afectada por el nacimiento de ese asombroso muchacho. Lutero no era un hombre absolutamente perfecto. Tampoco endosamos todo lo que dijo ni admiramos todo lo que hizo. Fue uno de aquellos varones que aparecen muy de vez en cuando, un gran juez en Israel, un siervo real del Señor. Debemos orar con mayor frecuencia pidiendo a Dios que nos envíe este tipo de varones: varones de Dios, hombres de poder. Debemos orar para que de conformidad a la infinita bondad del Señor, los dones de Su ascensión continúen y se multipliquen a fin de perfeccionar a Su iglesia, pues cuando subió a lo alto, llevó cautiva la cautividad, y recibió dones para los hombres, y “constituyó a unos, apóstoles; a otros, profetas; a otros, evangelistas; a otros, pastores y maestros”. Él sigue otorgando estos dones escogidos de acuerdo a la necesidad de la iglesia, y tal vez los diseminaría más abundantemente si nuestras oraciones ascendieran con mayor fervor rogando al Señor de la mies que envíe obreros a Su mies. Así como creemos en el Salvador crucificado para nuestra salvación personal, así también tenemos que creer en el Salvador ascendido para el perpetuo enriquecimiento de la iglesia con confesores y evangelistas que declaren la verdad de Dios.

 

Quiero poner mi granito de arena en la conmemoración del natalicio de Lutero, y no puedo hacer otra cosa mejor que usar la llave de la verdad con la que Lutero abrió las cerraduras de las mazmorras de la mente humana y puso en libertad a los corazones esclavizados. Esa llave de oro se encuentra en la verdad contenida concisamente en el texto que estamos considerando: “El justo por su fe vivirá”.

 

¿Acaso no les sorprende encontrar un pasaje tan claramente evangélico en Habacuc? ¿No les sorprende descubrir en aquel antiguo profeta una explícita declaración que Pablo puede usar como un argumento disponible contra los oponentes de la justificación por la fe? Eso demuestra que la doctrina cardinal del Evangelio no es ningún concepto recién inventado; definitivamente no es un dogma novedoso inventado por Lutero, y ni siquiera se trata de una verdad que Pablo hubiera enseñado por primera vez. Este hecho ha sido establecido en todas las épocas, y, por tanto lo encontramos aquí entre las cosas antiguas como una lámpara que había de alumbrar las tinieblas que pendían sobre Israel antes de la venida del Señor.

 

Esto demuestra también que no ha habido ningún cambio con respecto al Evangelio. El Evangelio de Habacuc es el Evangelio de nuestro Señor Jesucristo. El don del Espíritu Santo proyectó una luz más brillante sobre esa verdad, pero en todas las épocas el camino de salvación ha sido único y ha sido el mismo. Nadie ha sido salvado jamás por sus buenas obras. La manera por la cual los justos han vivido ha sido siempre la ruta de la fe. No ha habido ni el más mínimo avance respecto a esta verdad; está establecida y es inconmutable, y es por siempre la misma como el Dios que la declaró. En todo momento y en todas partes, el Evangelio es y tiene que ser perdurablemente el mismo. “Jesucristo es el mismo ayer, y hoy, y por los siglos”. Leemos con respecto al “Evangelio” que es uno, y no dos o tres evangelios, como si fuesen muchos. El cielo y la tierra pasarán, pero la palabra de Cristo no pasará jamás

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 También es digno de advertirse no sólo que esta verdad es tan antigua y que continúe siendo tan inmutable, sino que posea tal vitalidad. Esta sola frase: “El justo por su fe vivirá”, produjo la Reforma. De esta única línea, como de la apertura de uno de los sellos apocalípticos, salió todo ese resonar de trompetas evangélicas, y todo ese entonar de cánticos evangélicos que generaron en el mundo un sonido como el estruendo de muchas aguas. El Espíritu de Dios hizo brotar esta solitaria simiente cuando se encontraba olvidada y escondida en los tiempos de la oscuridad medieval, la dejó caer en el corazón humano, la hizo crecer y al final la llevó a producir grandes resultados. Este puñado de grano en las cumbres de los montes se multiplicó de tal manera que su fruto hizo ruido como el Líbano, y los de la ciudad florecieron como la hierba de la tierra (Salmo 72. 16). ¡La más mínima pizca de verdad, arrojada en cualquier parte, vivirá! Ciertas plantas están tan llenas de vitalidad que si sólo tomas un trozo de una hoja y lo pones sobre el suelo, la hoja echa raíces y crece. Es totalmente imposible que ese tipo de vegetación se extinga; y lo mismo sucede con la verdad de Dios: es viva e incorruptible, y por tanto, es indestructible. Mientras haya una Biblia, la religión de la gracia inmerecida vivirá; es más, si pudieran quemar todas las Escrituras impresas, mientras permaneciera un niño que recordara un texto aislado de la palabra, la verdad se levantaría de nuevo. Aun en las cenizas de la verdad el fuego está vivo todavía, y cuando el aliento del Señor sopla sobre él, la llama se levanta gloriosamente. Por esta razón, consolémonos en este día de blasfemia y de reprensión, siendo tranquilizados porque si bien “la hierba se seca, y la flor se cae, la palabra del Señor permanece para siempre. Y esta es la palabra que por el evangelio os ha sido anunciada”.

 

Examinemos ahora este texto que fue el medio por el cual el corazón de Lutero fue iluminado, como les diré en seguida.

 

 

I. De entrada voy a hacer una breve observación al respecto: UN HOMBRE QUE TIENE FE EN DIOS ES JUSTO. “El justo por su fe vivirá”. El hombre que posee fe en Dios es un hombre justo: su fe es su vida como un hombre justo.

 

Es “justo” en el sentido evangélico, es decir, que teniendo la fe que Dios prescribe como la ruta de salvación, es justificado a los ojos de Dios por su fe. En el Antiguo Testamento (Génesis 15: 6) se nos informa con respecto a Abraham que “creyó a Jehová, y le fue contado por justicia”. Este es el plan universal de justificación. Fe se apropia de la justicia de Dios al aceptar el plan de Dios para justificar a los pecadores por medio del sacrificio de Jesucristo, y así Fe hace justo al pecador. Fe acepta y se apropia del sistema completo de la justicia divina que es revelado en la persona y la obra del Señor Jesús. Fe se alegra de verlo venir al mundo en nuestra naturaleza, y en esa naturaleza verlo obedecer a la ley en cada jota y tilde aunque Él no estaba bajo esa ley hasta que decidió ponerse allí en nombre de nosotros. Fe además se agrada cuando ve al Señor, que había venido bajo la ley, ofreciéndose como una expiación perfecta y haciendo una completa vindicación de la justicia divina mediante Sus sufrimientos y Su muerte. Fe se aferra a la persona, a la vida, y a la muerte del Señor Jesús como su única esperanza y se atavía con la justicia de Cristo. Clama: “El castigo de nuestra paz fue sobre él, y por su llaga fuimos nosotros curados”. Ahora, el hombre que cree en el método que Dios tiene de hacer justos a los hombres por medio de Jesús, y que acepta a Jesús y confía en Él, es un hombre justo. Aquel que hace que la vida y la muerte de la grandiosa propiciación de Dios sean su única confianza y seguridad, es justificado a los ojos de Dios y queda anotado entre los justos por el propio Señor. Su fe le es imputada por justicia, porque su fe se aferra a la justicia de Dios en Cristo Jesús. “De todo aquello de que por la ley de Moisés no pudisteis ser justificados, en él es justificado todo aquel que cree”. Este es el testimonio de la palabra inspirada, y ¿quién podría contradecirlo?

 

Pero el creyente es también justo en otro sentido que el mundo de afuera aprecia mejor, aunque no es más valioso que el anterior. El hombre que cree en Dios por esa fe se ve impulsado a todo lo que es recto, bueno y verdadero. Su fe en Dios rectifica su mente y le hace justo. Es justo en juicio, en deseo, en aspiración y en corazón. Su pecado ha sido perdonado gratuitamente, y ahora, en la hora de la tentación, clama: “¿Cómo, pues, haría yo este grande mal, y pecaría contra Dios?” Cree en el derramamiento de sangre que Dios ha provisto para la limpieza del pecado, y, siendo lavado por él, no puede optar por contaminarse de nuevo. El amor por Cristo lo constriñe a buscar lo que es verdadero, y recto, y bueno, y amable y honorable a los ojos de Dios. Habiendo recibido por la fe el privilegio de la adopción, se esfuerza por vivir como un hijo de Dios. Habiendo obtenido por medio de la fe una nueva vida, anda en vida nueva. “Principios inmortales prohíben que el hijo de Dios peque”. Si alguien vive en el pecado y lo ama, no tiene la fe de los elegidos de Dios, pues la verdadera fe purifica el alma. El acto de creer (la fe) que es infundido en nosotros por el Espíritu Santo es el mayor ‘Matapecados’ bajo el cielo. Por la gracia de Dios, la fe afecta lo más íntimo del corazón, cambia los deseos y los afectos, y hace al hombre una nueva criatura en Cristo Jesús. Si hubiese en la tierra algunos individuos que verdaderamente pudieran ser llamados santos, son aquellos que son hechos así por la fe en Dios por medio de Jesucristo nuestro Señor. En verdad nadie más es “justo” salvo aquellos a quienes el Dios santo otorga ese título, y de ellos el texto dice que viven por la fe. Fe confía en Dios, y por tanto, le ama, y por tanto, le obedece, y por tanto, se vuelve semejante a Él. Es la raíz de la santidad, es el manantial de la justicia, es la vida del justo.

 

 

II. No me detengo más en esta observación que es vital para el texto, sino que prosigo a otra que es lo opuesto, es decir, que UN HOMBRE QUE ES JUSTO TIENE FE EN DIOS. Déjenme decirles que de otra manera no sería justo pues Dios merece la fe en Él, y quien le roba esa fe no es justo. Dios es tan veraz que dudar de Él es una injusticia. Él es tan fiel que desconfiar de Él equivale a deshonrarle, y quien comete con Él tal injusticia no es un hombre justo. Un hombre justo tiene que ser justo primeramente con el más grandioso de todos los seres. No serviría de nada que sólo fuera justo con sus semejantes; si le hiciera una injusticia intencional a Dios yo digo que no sería digno del nombre de justo. Fe es lo que el Señor merece justamente recibir de Sus criaturas: Él merece que creamos lo que nos dice, y especialmente lo referente al Evangelio. Cuando el grandioso amor de Dios en Cristo Jesús es expuesto claramente, los puros de corazón le creerán. Cuando el gran amor de Cristo que muere por nosotros se entiende plenamente, toda mente honesta tiene que creer en él. Dudar del testimonio de Dios concerniente a Su Hijo es cometer la más severa injusticia con el amor infinito. El incrédulo rechaza el testimonio de Dios acerca del don indecible y desecha aquello que merece la gratitud adoradora del hombre ya que sólo eso puede satisfacer a la justicia de Dios y dar paz a la conciencia del hombre. Un hombre verdaderamente justo, para la perfección de su justicia, tiene que creer en Dios y en todo lo que Él ha revelado.

 

Algunos imaginan que este asunto de la justicia sólo tiene que ver con la vida exterior y que no toca las creencias del hombre. Yo digo que no es así; la justicia tiene que ver con las partes íntimas del hombre, con la región central de su condición humana; y los hombres verdaderamente justos desean ser limpiados en las partes secretas, y en los resquicios ocultos quisieran conocer la sabiduría. ¿Acaso no es así? Continuamente oímos la aseveración de que el entendimiento y la creencia son una provincia que está ubicada fuera de la jurisdicción de Dios. ¿Es verdaderamente cierto que yo puedo creer lo que yo quiera sin tener que darle cuentas a Dios de lo que creo? No, hermanos míos, ni una sola parte de nuestra condición humana está más allá del alcance de la ley divina. Toda nuestra capacidad como hombres está bajo la soberanía de Aquel que nos creó, y estamos tan obligados a creer rectamente como estamos obligados a actuar rectamente; de hecho, nuestras acciones y nuestros pensamientos están tan entrelazados y enmarañados que no hay forma de separar las unas de los otros. Decir que la rectitud de la vida exterior es suficiente es ir completamente en contra de todo el tenor de la palabra de Dios. Estoy tan obligado a servir a Dios con mi mente como con mi corazón. Estoy tan obligado a creer lo que Dios revela como estoy obligado a hacer lo que Dios manda. Los errores de juicio son pecados tan verdaderos como los errores de vida. Es una parte de nuestra lealtad a nuestro grandioso Soberano y Señor que rindamos nuestro entendimiento, nuestro pensamiento y nuestra creencia a Su control supremo. Ningún hombre es recto mientras no sea un creyente recto. Un hombre justo ha de ser justo para con Dios creyendo en Dios y confiando en Él en todo lo que es, y dice y hace.

 

Mis queridos amigos, no veo tampoco qué razón haya para que un hombre sea justo con sus semejantes si ha renunciado a su fe en Dios. Si un hombre pudiera escaparse realizando un acto de deshonestidad en una situación crítica, ¿por qué no habría de ser deshonesto si no hubiera una ley superior a la que sus semejantes han elaborado, si no hubiera ningún tribunal, ni ningún Juez y ningún más allá? Hace unas cuantas semanas un hombre mató deliberadamente a su patrón porque lo había ofendido, y cuando se entregó a la policía dijo que no sentía ningún temor ni estaba avergonzado en lo más mínimo por lo que había hecho. Admitió el asesinato y reconoció que estaba consciente de las consecuencias; esperaba sufrir el dolor de medio minuto de duración en el patíbulo y después todo acabaría para él y estaba completamente preparado para eso. Hablaba y actuaba en consistencia con su creencia o con su incredulidad; y verdaderamente no hay ninguna forma de crimen que no se vuelva lógico y legítimo si suprimes en el hombre la fe en Dios y en el más allá. Sin eso, rompes tu mancomunidad; no hay nada que mantenga unida a la humanidad pues, sin un Dios, el gobierno moral del universo cesa y la anarquía es el estado natural de las cosas. Si no hubiera Dios y si no hubiera ningún juicio venidero, comamos y bebamos, porque mañana moriremos. En caso de necesidad, robemos, mintamos y matemos. ¿Por qué no hacerlo si no hay ley, ni juicio, ni castigo por el pecado? Me olvidaba decirlo: nada puede ser pecado, pues si no hay legislador, no hay ninguna ley; y si no hay ninguna ley, entonces no puede haber ninguna transgresión. En qué caos desembocarían todas las cosas si se renunciara a la fe en Dios. ¿Dónde se encontrarían los justos si se desterrara a la fe? El hombre lógicamente justo es un creyente en alguna medida u otra, y aquel que es digno de ser llamado “justo” en el sentido bíblico, es un creyente en el Señor Jesucristo, el cual nos ha sido hecho por Dios justificación.

 

 

III. Pero ahora llego al punto en que pretendo dilatarme. En tercer lugar, EL JUSTO VIVIRÁ POR ESTA FE. De entrada esta es una afirmación excluyente; elimina muchas pretendidas maneras de vivir diciendo: “El justo por la fe vivirá”. Esta frase nos recuerda a la puerta angosta que está a la entrada del camino, a la angosta senda que conduce a la vida eterna. Esto acaba de un solo golpe con todos los alegatos de justicia aparte de un modo específico de vida. Los mejores hombres en el mundo sólo pueden vivir por la fe pues no hay ninguna otra manera de ser justos a los ojos de Dios. No podemos vivir en justicia por el yo. Si vamos a confiar en nosotros mismos o en cualquier cosa que provenga de nosotros mismos, estamos muertos mientras confiemos en eso; no habremos conocido la vida de Dios de acuerdo a la enseñanza de la Palabra Sagrada. Deben abandonar por completo la confianza en cualquier cosa que sean o esperen ser. Deben despojarse de las prendas de la ropa leprosa de la justicia legal y romper con el yo en todas y cada una de sus formas. Se descubrirá que la confianza en uno mismo en las cosas de la religión es autodestrucción. Tienen que confiar en Dios según es revelado en Su Hijo Jesucristo, y sólo en Él. El justo por la fe vivirá; pero los que ponen la mira en las obras de la ley están bajo la maldición y no pueden vivir delante de Dios. Lo mismo es válido también para quienes se esfuerzan por vivir por el sentido o por el sentimiento. Juzgan a Dios por lo que ven; si Él es generoso con ellos en la providencia, es un buen Dios; si son pobres, no dicen nada bueno de Él, pues lo miden según lo que sientan, y gusten y vean. Si Dios obra constantemente para un propósito y pueden ver Su propósito, elogian Su sabiduría; pero cuando no pueden ver el propósito o no pueden entender la manera en la que el Señor está obrando para lograrlo, juzgan inmediatamente que se ha equivocado. Vivir por el sentido resulta ser un modo sin sentido de vida, que mata todo consuelo y esperanza.

 

“No juzgues al Señor por el débil sentido,

Sino confía en Él para recibir Su gracia”,

Pues sólo por esa confianza puede vivir un justo”.

 

El texto elimina también toda idea de vivir por el mero intelecto. Demasiados individuos dicen: “Yo soy mi propio guía, voy a desarrollar mis propias doctrinas, y voy a cambiarlas y modificarlas de acuerdo a mis propios artilugios”. Un tal camino es muerte para el espíritu. Mantenerse al corriente de los tiempos es ser un enemigo de Dios. El camino de vida es creer lo que Dios ha enseñado, especialmente creer en Aquel a quien Dios ha constituido como propiciación por el pecado, pues eso es reconocer que Dios es todo y que nosotros no somos nada. Al descansar en una revelación infalible y confiar en un Redentor omnipotente tenemos reposo y paz; pero sobre el otro principio tornadizo nos volvemos estrellas errantes para las cuales están destinadas las tinieblas de la oscuridad sempiterna. El alma vive por la fe; de cualquier otra manera tiene nombre de que vive, y está muerta.

 

Lo mismo es igualmente válido respecto a la fantasía. A menudo nos encontramos con una religión fantasiosa en la que la gente se confía a impulsos, a sueños, a ruidos y a cosas místicas que imagina haber visto; todas esas cosas son disparates, y sin embargo, está completamente envuelta en eso. Yo ruego que puedan echar fuera ese ingrediente sin valor pues no contiene ningún alimento para el espíritu. La vida de mi alma no radica en lo que pienso, o en lo que imagino, o en lo que me dicta la fantasía, o en lo que disfruto de sutil sentimiento, sino únicamente en aquello que la fe identifica como la palabra de Dios. Vivimos delante de Dios por confiar en una promesa, por depender de una persona, por aceptar un sacrificio, por estar revestidos de una justicia y entregarnos a Dios: Padre, Hijo y Espíritu Santo. Una confianza sin reservas en Jesús, nuestro Señor, es el camino de vida y cualquier otro camino conduce a la muerte. Es un enunciado restringido y quienes lo llaman intolerancia pueden decir lo que quieran; será cierto aunque lo sigan execrando tanto como es execrado ahora.

 

Pero, en segundo lugar, esta es una aseveración muy amplia. Mucho es el contenido de la frase: “El justo por su fe vivirá”. No dice qué parte de su vida pende de su creencia, o qué fase de su vida demuestra mejor su creencia: abarca el inicio, la continuación, el crecimiento y el perfeccionamiento de la vida espiritual como siendo todo ello por fe. Observen que el texto explica que en el momento en que un hombre cree comienza a vivir a los ojos de Dios: confía en su Dios, acepta la revelación de Dios de Sí mismo, confía, reposa y se apoya en su Salvador, y en ese momento se convierte en un hombre espiritualmente vivo, vivificado con una vida espiritual por Dios el Espíritu Santo. Toda su existencia antes de que creyera no era sino una forma de muerte; cuando llega a confiar en Dios entra en la vida eterna y es nacido de lo alto. Sí, y eso no es todo, y no es ni siquiera la mitad; pues si ese hombre ha de continuar viviendo delante de Dios, si ha de mantenerse en su camino de santidad, su perseverancia debe ser el resultado de una fe continua. La fe que salva no es un solo acto cumplido y concluido en un cierto día; es un acto continuado y sostenido a lo largo de toda la vida de la persona. El justo no sólo comienza a vivir por su fe sino que continúa viviendo por su fe; no comienza en el espíritu y termina en la carne, ni avanza hasta cierto punto por gracia pero sigue el resto del camino por las obras de la ley. “El justo vivirá por fe”, dice el texto en Hebreos, “y si retrocediere, no agradará a mi alma. Pero nosotros no somos de los que retroceden para perdición, sino de los que tienen fe para preservación del alma”. La fe es esencial de principio a fin: cada día y durante todo el día, en todas las cosas. Nuestra vida natural comienza al respirar y debe continuar por la respiración: lo que la respiración es para el cuerpo, eso es la fe para el alma.

 

Hermanos, si hemos de progresar y crecer en la vida divina tiene que seguir siendo de la misma manera. Nuestra raíz es la fe, y únicamente a través de la raíz llega el crecimiento. El progreso en la gracia no viene de la sabiduría carnal, o del esfuerzo legal o de la incredulidad; es más, la carne no aporta ningún crecimiento a la vida espiritual, y los esfuerzos realizados en la incredulidad más bien empequeñecen la vida interior en vez de acrecentarla. No nos fortaleceríamos por las mortificaciones, por los sufrimientos, por las obras o por los esfuerzos, si no estuvieran ligados a la simple fe en la gracia de Dios, pues únicamente por ese canal puede entrar el alimento a la vida de nuestro espíritu. La misma puerta por la que entró la vida inicialmente es la puerta por la que sigue entrando. Si alguien me dijera: “yo viví una vez por creer en Cristo; pero ahora me he vuelto espiritual y he sido santificado, y por tanto, ya no tengo más necesidad de mirar como un pecador a la sangre y a la justicia de Cristo”, yo le diría a ese hombre que necesita aprender los rudimentos de la fe. Le advertiría que ha retrocedido de la fe; pues quien es justificado por la ley o de cualquier otra manera fuera de la justicia de Cristo, ha caído de la gracia y ha abandonado el único fundamento sobre el cual un alma puede ser aceptada por Dios. Sí, no contamos con ningún báculo en el cual podamos apoyarnos para llegar a la puerta del cielo excepto la fe en el siempre bendito Salvador y en Su divina expiación. De aquí a la gloria nunca seremos capaces de vivir por méritos, o por fantasías o por el intelecto.

 

Todavía tendremos que ser como niños enseñados por Jehová (Isaías 54: 13), igual que Israel en el desierto que dependía únicamente del grandioso Dios Invisible. A nosotros nos corresponde apartar la mirada del yo, y poner la mira por encima de todas las cosas que se ven, pues “el justo por su fe vivirá”. Es una frase muy amplia, es un círculo que comprende la totalidad de nuestra vida que es digna de ese nombre. Si hay virtud alguna, si algo digno de alabanza, si algo amable y de buen nombre, tenemos que recibirlo, exhibirlo y perfeccionarlo mediante el ejercicio de la fe. La vida en la casa del Padre, la vida en la iglesia, la vida en privado, la vida en el mundo, ha de ser toda ella en el poder de la fe si somos varones justos. Lo que carece de fe carece de vida. Las obras muertas no pueden agradar al Dios viviente: sin fe es imposible agradar a Dios.

 

Les ruego que noten, en tercer lugar, que es una declaración incondicional. “El justo por su fe vivirá”. Entonces, aunque un hombre sólo tenga poca fe, vivirá; y si fuera grandemente justo, aun así por fe vivirá. Muchos justos no han conseguido ir más allá de esforzarse por alcanzar la santidad, pero son justificados por su fe; su fe es trémula y esforzada, y su asidua oración es: “Creo; ayuda mi incredulidad”; con todo, su fe los ha vuelto varones justos. Algunas veces el varón teme no tener fe en absoluto y cuando experimenta alguna depresión espiritual lo más que puede hacer es mantener su cabeza sobre la superficie del agua; pero aun entonces su fe lo justifica. Es como una barca que navega en un mar tempestuoso; algunas veces es catapultada al cielo por relampagueantes olas de misericordia y luego se hunde en el abismo entre olas de aflicción. ¿Qué pasa, entonces? ¿Está muerto? Yo pregunto: ¿cree ese hombre verdaderamente en Dios? ¿Acepta el testimonio respecto al Hijo de Dios? ¿Puede decir realmente: “yo creo en el perdón de los pecados”, y con esa fe que tiene sujetarse únicamente a Cristo y a nadie más? Entonces ese hombre vivirá, por su fe vivirá. Si la pequeñez de nuestra fe pudiera destruirnos, cuán pocos serían contados con los vivos. “Cuando venga el Hijo del Hombre, ¿hallará fe en la tierra?” Sólo por aquí y por allá, y muy de vez en cuando, aparece un Lutero que realmente cree con todo su corazón. La mayor parte de nosotros no llegamos a ser tan grandes ni siquiera como su dedo meñique; no tenemos tanta fe en todas nuestras almas como la que él tenía en un cabello de su cabeza; pero aun esa fe pequeña nos hace vivir. Yo no digo que una poca fe nos dará esa vida fuerte y vigorosa como la de un león que Lutero tenía: pero viviremos. La declaración no hace ninguna distinción entre este y aquel grado de fe, sino que establece como una incuestionable verdad que: “el justo vivirá por fe”. Bendito sea Dios, entonces, porque yo viviré, pues en verdad creo en el Señor Jesús como mi Salvador y mi todo. ¿No creen en Él también ustedes?

 

Sí, y ¿acaso no es algo singular que esta incondicional declaración no mencione ninguna otra gracia que ayude a conformar la base sobre la cual viva un justo? “El justo por su fe vivirá”; pero, ¿acaso no tiene amor, no tiene celo, no tiene paciencia, no tiene esperanza, no tiene humildad, no tiene santidad? Oh, sí, tiene todas esas cosas, y él vive en ellas, pero no vive por ellas, porque ninguna de ellas lo vincula tan íntimamente a Cristo como lo hace su fe. Voy a aventurarme a usar un figura muy sencilla pues es lo mejor que se me ocurre. He ahí un pequeñito, un niño de pecho. Tiene muchos órganos necesarios, tales como sus ojos, sus oídos, sus piernas, sus brazos, su corazón, etcétera, y todos le son necesarios; pero el órgano específico gracias al cual el diminuto bebé vive es su boca con la que succiona de su madre todo su alimento. Nuestra fe es esa boca con la que succionamos la vida fresca de la promesa del siempre bendito Dios. Así que la fe es aquello por lo cual vivimos. Otras gracias son necesarias, pero la fe es la vida de todas ellas. No subestimamos el amor, o la paciencia, o la penitencia o la humildad, como tampoco depreciamos los ojos o los pies del bebé. Aun así, el instrumento de la vida del hombre espiritual es esa boca por la cual recibe el alimento divino de la verdad revelada por el Espíritu Santo en la sagrada Escritura. Otras gracias producen resultados a partir de aquello que recibe la fe, pero la fe es el ‘Tesorero’ de toda la isla del hombre.

 

Queridos amigos, siguiendo adelante, “El justo por su fe vivirá” es una declaración muy sugerente porque tiene muchos significados. Primero, el justo existe por su fe, es decir, la más elemental forma de gracia en un carácter justo depende de la fe. Pero, hermano, yo espero que no seas tan necio como para decir: “Todo lo que necesito es ser un hijo viviente de Dios”. No, no sólo deseamos tener vida, sino tenerla en abundancia. Mira a aquel hombre que fue rescatado cuando estaba a punto de ahogarse; todavía está vivo, pero la única evidencia de ello es el hecho de que su respiración empaña el espejo. Tú no te contentarías con estar vivo de esa pobre manera durante años, ¿no es cierto? Deberías estar agradecido si estuvieras espiritualmente vivo incluso de esa débil manera; pero aun así no queremos permanecer en un estado de desfallecimiento, antes bien, deseamos ser activos y vigorosos. Con todo, aun para esa forma de vida inferior tienes que tener fe. La fe es necesaria para el tipo más débil de existencia espiritual que pueda ser llamada vida de alguna manera. Los justos que viven apenas, que son de mente débil, que son salvos apenas, son librados por la fe. Sin fe no hay ninguna vida celestial.

 

Tomen la palabra “vida” en un mejor sentido, y lo mismo será válido. “El justo por su fe vivirá”. Algunas veces nos encontramos con personas muy pobres que nos dicen en un tono lastimero: “nuestros salarios son extremadamente insuficientes”. Nosotros les decimos: “¿realmente vives con esa suma tan pequeña?” Responden: “Bien, amigo, difícilmente se le puede llamar vida, pero de alguna manera existimos”. Ninguno de nosotros desearía vivir de esa manera si pudiéramos evitarlo. Entonces, por “vida” entendemos alguna medida de disfrute, de felicidad y de satisfacción. Cuando los justos tienen comodidad, gozo y paz, es gracias a la fe. Damos gracias a Dios porque la paz del corazón es nuestro estado normal y porque la fe es una gracia permanente. Cantamos de gozo de corazón y nos regocijamos en el Señor, y bendito sea el Señor porque esto no es una novedad para nosotros, sino que hemos conocido esta bienaventuranza y todavía la conocemos solo por fe. En el momento en que la fe hace su entrada, la música comienza, y si partiera, los búhos ulularían. Lutero puede cantar un salmo a pesar del demonio, mas no habría podido hacerlo si no hubiese sido un hombre de fe. Podía desafiar a emperadores, y a reyes, y a papas y a obispos mientras se sujetaba firmemente a la fuerza de Dios, pero sólo así. La fe es la vida de la vida, y hace que la vida sea digna de vivirse. Infunde gozo en el alma creer en el grandioso Padre y en Su amor eterno, y en la eficaz expiación del Hijo, y en la morada del Espíritu Santo, en la resurrección, y en la eterna gloria; sin eso seríamos los más dignos de conmiseración de todos los hombres. Creer en estas gloriosas verdades es vivir, pues, “El justo por su fe vivirá”. La vida quiere decir también fuerza. Decimos de cierto individuo: “¡Cuánta vida encierra! Está lleno de vida, desborda vitalidad”. Sí, el justo obtiene energía, fuerza, vivacidad, vigor, poder, pujanza y vida por la fe. La fe confiere una regia majestad en los creyentes. Entre más creen más poderosos se vuelven. Esta es la cabeza que ostenta una corona; esta es la mano que blande un cetro; este es el pie cuya regia pisada hace temblar a las naciones; la fe en Dios nos une con el Rey, el Señor Dios Omnipotente. Mientras otros mueren, los justos siguen viviendo por la fe. No son dominados por el pecado prevalente, o por la herejía de moda, o por la cruel persecución o por la fiera aflicción; nada puede matar a la vida espiritual mientras permanezca la fe: “El justo vivirá por fe”. La permanencia y la perseverancia se dan de esta manera. Cuando el justo es arrumbado por un tiempo no se desconcierta; y cuando es herido por el enemigo, no fallece. Donde otro hombre se ahoga, él nada; donde otro hombre es hollado, él se levanta y da voces victoriosas: “Tú, enemiga mía, no te alegres de mí, porque aunque caí, me levantaré”. Gracias a la fe, camina en el horno de fuego de la aflicción sin sufrir daño alguno. Sí, y cuando le llega su turno de morir, y, con muchas lágrimas sus hermanos llevan sus cenizas a la tumba, muerto, aún habla”. La sangre del justo Abel clamaba al Señor desde la tierra, y todavía sigue dando voces a través de las edades hasta este momento. La voz de Lutero resuena todavía en los oídos de los hombres a través de cuatrocientos años y acelera nuestros pulsos como el redoble del tambor en la música marcial. Él vive, él vive porque era un hombre de fe.

 

Yo quisiera resumir e ilustrar esta enseñanza mencionando ciertos incidentes en la vida de Lutero. La luz del Evangelio brilló sobre el gran Reformador gradualmente. Fue en el monasterio cuando al hojear la vieja Biblia que estaba encadenada a una columna se encontró con este pasaje: “El justo por su fe vivirá”. Esta frase celestial se le grabó pero no pudo entender toda su relevancia. Sin embargo, no podía encontrar la paz en su profesión religiosa ni en el hábito monástico. No sabiendo hacer nada mejor, perseveró en tantas penitencias y en mortificaciones tan arduas que algunas veces se le encontraba desfallecido de cansancio. Él mismo se condujo a las puertas de la muerte. Tenía que hacer un viaje a Roma, pues en Roma hay una iglesia diferente para cada día, y puedes tener la seguridad de obtener el perdón de los pecados y todo tipo de bendiciones en esos santos santuarios. Soñaba con entrar a una ciudad de santidad, pero descubrió que era un refugio de hipócritas y una cueva de iniquidad. Para su horror oyó que los hombres decían que si hubiera un infierno, Roma estaba construida encima de él, pues era lo más cercano al infierno que pudiera encontrarse en este mundo; pero Lutero seguía creyendo en su Papa y proseguía con sus penitencias, buscando el descanso pero sin poder encontrarlo. Un día iba subiendo de rodillas la Escala Santa de Roma que todavía subsiste allí. Yo me he quedado maravillado al pie de esa escalera viendo cómo las pobres criaturas suben y bajan de rodillas convencidas de que es la misma escalera por la que nuestro Señor descendió cuando salió de la casa de Pilato, y se dice que ciertos escalones están marcados con gotas de sangre; las pobres almas los besan con suma devoción. Bien, Lutero iba subiendo a rastras por esos escalones un día cuando ese mismo texto con el que se había encontrado en el monasterio resonó en sus oídos como el retumbo de un trueno: “El justo por su fe vivirá”. Se levantó de su postración, y bajó los escalones para no volver a arrastrarse jamás por ellos. En aquel momento el Señor obró en él una plena liberación de la superstición, y vio que no era por medio de sacerdotes, ni de la superchería sacerdotal, ni por las penitencias, ni por ninguna otra cosa que él podría hacer que viviera, sino que tenía que vivir por la fe. Nuestro texto que estamos considerando esta mañana había puesto en libertad al monje y había encendido fuego en su alma.

 

Tan pronto como creyó esto comenzó a vivir en el sentido de estar activo. Un caballero de nombre Tetzel recorría toda Alemania vendiendo el perdón de los pecados por una cierta suma de dinero en efectivo. Sin importar cuál fuera tu ofensa, tan pronto como tu dinero tocara el fondo de la caja tus pecados desaparecerían. Lutero se enteró de esto, se indignó, y exclamó: “Voy a hacer un hoyo en su recipiente”, lo cual hizo y también en varios recipientes más. Clavar sus tesis sobre la puerta de la iglesia fue otra manera segura de silenciar a la música de las indulgencias. Lutero proclamó el perdón del pecado por la fe en Cristo sin dinero y sin precio, y las indulgencias del Papa pronto fueron objeto de burla. Lutero vivió por su fe, y por tanto aquel que de otra manera hubiera podido quedarse callado, denunciaba el error tan furiosamente como un león rugiente sobre su presa. La fe que había en él lo llenaba de intensa vida y se sumergía en la guerra con el enemigo. Después de un tiempo lo convocaron a Habsburgo, y a Habsburgo se dirigió, aunque sus amigos le aconsejaban que no fuera. Lo convocaron como a un hereje para que respondiera por sí mismo en la Dieta de Worms, y todo el mundo le pidió que se mantuviera alejado, pues tenían la seguridad de que sería quemado; pero él consideraba necesario dar testimonio así que fue en una carreta de aldea en aldea y de pueblo en pueblo, predicando conforme avanzaba y la pobre gente salía para dar la mano al hombre que se levantaba por Cristo y por el Evangelio a riesgo de su vida. Ustedes recuerdan cómo se plantó ante la augusta asamblea y aunque sabía -hasta donde podía llegar el poder humano- que su defensa le costaría su vida pues probablemente sería entregado a las llamas como Juan Huss, con todo, fue muy valiente por el Señor su Dios. Aquel día en la Dieta alemana, Lutero hizo un trabajo por el cual diez mil veces diez mil hijos de madres han bendecido su nombre y han bendecido aún más el nombre del Señor su Dios.

 

Para alejarlo del peligro por un tiempo, un prudente amigo lo hizo prisionero y lo mantuvo fuera de la contienda en el castillo de Wartburg. Allí lo pasó muy bien, descansando, estudiando, traduciendo, componiendo música, y preparándose para el futuro que iba a estar tan lleno de acontecimientos. Hizo todo lo que un hombre fuera de la refriega hubiera podido hacer; pero “el justo por su fe vivirá”, y Lutero no podía ser enterrado vivo apaciblemente, sino que tenía que proseguir con la obra de su vida. Envía un mensaje a sus amigos diciéndoles que el que vendría estaría pronto con ellos, y se apareció de pronto en Wittenberg. El príncipe tenía la intención de mantenerlo alejado un tiempo más prolongado, pero Lutero tenía que vivir; y cuando el Elector temió que no podía protegerlo, Lutero le escribió: “Yo estoy bajo una protección mucho más elevada que la suya; sostengo que tengo más probabilidad de proteger a su señoría que su señoría de protegerme a mí. El que tiene la fe más sólida es el mejor protector”. Lutero había aprendido a ser independiente de todos los hombres, pues confiaba plenamente en Dios. Tenía a todo el mundo en su contra, y sin embargo vivía muy alegremente; si el Papa lo excomulgaba, Lutero quemaba la bula; si el emperador lo amenazaba, él se regocijaba porque recordaba la palabra del Señor: “Se levantarán los reyes de la tierra, y príncipes consultarán unidos… El que mora en los cielos se reirá”. Cuando le dijeron: “¿Dónde encontrarías abrigo si el Elector no te protegiera?” Lutero respondió: “Bajo el ancho escudo de Dios”.

 

Lutero no podía quedarse quieto; tenía que hablar y escribir y tronar; y, ¡oh, con cuánta confianza hablaba! Aborrecía las dudas acerca de Dios y de la Escritura. Melanchton dice que no era dogmático; yo prefiero diferir de Melanchton en esto y considerar que Lutero era el principal de los dogmáticos. Él llamaba a Melanchton el “de la suave pisada”, y me pregunto qué habríamos hecho si Lutero hubiera sido Melanchton y también hubiera pisado suavemente. La época necesitaba un líder que fuera firmemente seguro de sí mismo, y la fe hizo que Lutero lo fuera durante muchos años, a pesar de sus muchas aflicciones y debilidades. Él era un Titán, un gigante, un hombre de un espléndido calibre mental y de gran fortaleza física; pero con todo, su vida y su fuerza principales radicaban en su fe. Sufrió mucho ejercitando su mente y también por culpa de enfermedades corporales y todo eso muy bien pudo haber ocasionado un despliegue de debilidad; pero esa debilidad no aparecía, pues cuando creía estaba tan seguro de lo que creía como lo estaba de su propia existencia, y por esto era fuerte. Si todos los ángeles del cielo hubieran desfilado delante de él y cada uno de ellos le hubiera asegurado la verdad de Dios, no les hubiera agradecido por su testimonio, pues él creía a Dios sin necesidad del testimonio de ángeles y de hombres; él consideraba que la palabra del testimonio divino era más segura que todo que pudieran decir los serafines.

 

Este hombre fue forzado a vivir por su fe, pues era un varón de un alma turbulenta y únicamente la fe podía hablarle de paz. Esos acuciantes enardecimientos suyos le trajeron posteriormente temibles depresiones de espíritu, y entonces necesitaba de la fe en Dios. Si leen una vida espiritual suya encontrarán que algunas veces era un arduo trabajo para él mantener con vida a su alma. Siendo un hombre de pasiones semejantes a las nuestras y lleno de imperfecciones, estaba a veces tan deprimido y desesperado como el más débil entre nosotros; y el creciente dolor en su interior amenazaba con hacer estallar su poderoso corazón. Pero tanto él como Juan Calvino con frecuencia suspiraban por el reposo en el cielo, pues no amaban la reyerta en la que vivían, sino que se hubieran alegrado de alimentar al rebaño de Dios pacíficamente en la tierra, y luego entrar en el reposo. Estos hombres moraban con Dios en santa osadía de oración creyente o no hubieran podido vivir del todo.

 

La fe de Lutero se aferraba a la cruz de nuestro Señor, y no sería apartado de ella. Él creía en el perdón de los pecados, y no podía permitirse dudar de él. Echó el ancla en la Santa Escritura, y rechazó todas las invenciones de los clérigos y todas las tradiciones de los padres. Estaba convencido de la verdad del Evangelio y no dudó nunca de que prevalecería aunque la tierra y el infierno se hubieran aliado contra él. Cuando llegó a la hora de su muerte su viejo enemigo lo asedió fieramente, pero cuando le preguntaron si sostenía la misma fe, su “Sí” fue lo suficientemente positivo. No necesitaban haberle preguntado, pues habrían podido estar seguros de ello. Y ahora, la verdad proclamada por Lutero continúa siendo predicada hoy, y lo será hasta la venida de nuestro Señor. Entonces la ciudad santa no tendrá necesidad de luz de lámpara, ni de luz del sol, porque Dios el Señor iluminará a Su pueblo; pero hasta entonces tenemos que brillar al máximo de nuestra capacidad con la luz del Evangelio. Hermanos, tomemos la decisión de que así como Lutero vivió por la fe nosotros también lo haremos y que Dios el Espíritu Santo aumente en nosotros más de esa fe. Amén y Amén.

 

 

Porción de la Escritura leída antes del sermón: Gálatas 3.

 

 

 

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